viernes, 3 de enero de 2014

Los 5 básicos de Rider G Omega (Obsidian Kingdom)


Reflexionando sobre qué discos han supuesto un mayor impacto en mi vida como creador, me doy cuenta de hasta qué punto soy un hijo artístico de la música de los noventa, así como de cuánto nos marca la música que descubrimos durante nuestra adolescencia. A falta de un criterio mejor, los presento ordenados cronológicamente.

Peer Gynt (Edvard Grieg, 1875)
Absolutamente romántica y moderna, esta obra se articula a través de una colección de cancioncillas folklóricas en las que me gusta ver las semillas de todo lo que más tarde me sedujo del Black Metal: fuerte carga espiritual, angustia existencialista, una nueva estética basada en la nostalgia del paganismo bucólico y vernáculo, y una paleta de colores con la que expresar toda la melancolía escandinava que ha sido y será. Pero con mucho menos ruido.

Little Eartquakes (Tori Amos, 1992)
No hace demasiado, Tori realizó unas declaraciones más bien controvertidas en las que retaba a cualquier banda de Metal del mundo a vencerla en un duelo que midiera la capacidad de emocionar en directo. Nunca he tenido el placer de asistir a un concierto suyo, pero apostaría hasta mi último céntimo por ella sin dudarlo ni un momento. En su álbum debut - así como a lo largo de toda su carrera - sólo hay canciones mayúsculas, que demuestran que para escribir buena música sólo hacen falta tu instrumento favorito y una buena historia que contar.

The Downward Spiral (Nine Inch Nails, 1994)
Trent Reznor sigue dando mucho de qué hablar a día de hoy pero, aunque soy un gran admirador de toda su trayectoria, dudo que nunca llegue a volver producir algo con la mala leche y el potencial corruptor de su ópera magna. Toneladas de ruido pasivo-agresivo, melodías auto-destructivas y riffs con tendencias suicidas conforman uno de los álbumes más maléficos y visionarios de la historia de la música moderna, y uno que nunca pasará de moda.

Involution Toward Chtonian Depths (Asmorod, 1997)
Una rareza dentro del género, denostado incluso por la propia banda, para mí este disco tendrá siempre la enorme carga sentimental de haberme abierto en su momento las puertas de un mundo hasta entonces desconocido para mí y que hasta la fecha sigue nutriendo abundantemente mi discoteca: el Dark Ambient y sus derivados. Una oscura inmersión en las densas aguas del Drone, la vertiente más inquietante de la música neoclásica y los paisajes cósmicos de inspiración lovecraftiana.

Mezzanine (Massive Attack, 1998)

Aunque mi pasión por la música electrónica es relativamente reciente, ésta empezó a brotar sin ninguna duda a través de mi choque con álbumes como éste. Un clásico intemporal, de producción exquisita y modernidad apabullante, al que no le falta ni le sobra ni una sola nota y que retrata con la máxima sofisticación el bello y oscuro espíritu de los tiempos que corren, a través del uso impecable de bajos narcóticos y brumas sintéticas, confesiones sensuales a la luz de neón de algún sórdido club urbano. Más elegante, imposible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario